domingo, febrero 06, 2005

Acero en vena

El viajante se balacea en su asiento. El momento que más le desagrada es la llegada al destino. Es entonces cuando ve saltar el gris de las piedras del camino hacia los muros, y de ahí a las fincas. Las casas que reciben al viajante son una repetición apretada y sombría. Parecerían deshabitadas si no fuera porque las prendas, presas por pinzas, al viento, gritan socorro. Chimeneas hartas de vomitar veneno y cristales rotos a pedradas. Graffitis indescifrables y tendido eléctrico. Se oye un silbido que previene a la urbe, una nueva legión de cuerpos se avecina. La ropa del viajante se torna pálida. El viajante no encuentra a la chica en el puente. La vida no es silbar, sino resoplar.