jueves, julio 21, 2005

Mírala, seguro que es una...

Entre tantos zapatos aparecieron sus piececillos. Entre las caras largas, entre la gafas panorámicas y la corbata, entre el chaleco y el emepetrés; entre el ombligo y el tatuaje, una mirada limpia, una voz de ángel, unos gestos de seda. Acariciaba cada palabra. Era extraño observar el mimo que ponía en cada instante. A su paso todos callaban. Nadie podía dejar de mirarla ni de escuchar la suave melodía que entonaba.

El hombre binario

Abre un ojo. Ya está inquieto, la luz de la mañana empieza a iluminar la habitación. En su mesilla ceros parpadeantes le avisan de que hubo corte de electricidad. Nunca entendió por qué su hija le había regalado un aparato tan nocturnamente abominable. Optó por desconectarlo. Dónde estarán mis queridas saetas. Se lava la cara. Allí, al lado de la pila, yace la maquinilla eléctrica. Hubo de acabar con ella, fue en defensa propia, tras comprobar cómo ese cordón ensortijado que le daba vida intentó enroscársele al cuello como una pitón. Se asoma a la cocina. No se decide a entrar. El microondas y el horno flanquean la entrada, también le miran con verdes intermitecias. Al fondo una cafetera express de tres brazos capaz de hacer veintidós tipos de café diferentes le mira amenazante resoplando vapor. Se retira de puntillas. Tampoco quiere despertar la ira de la tostadora computerizada, así que piensa que lo mejor es ir al bar de la esquina, donde le reciben con una sonrisa y los buenos días y no tiene que pelearse con ningún electrodoméstico digital multiuso.
Todos los días al llegar al trabajo, el mundo se le vuelve a caer más allá de los piés. Allá donde dirige su mirada hay cables, torres, ratones, teclados y cuadros en negro. Saca su chuleta de pasos y comienza la sesión. Se sumerge en un mal de celdas que aprisionan números y fórmulas. Sus peores enemigos, la referencia circular y el corrector ortográfico, que lo acecha y confunde sin ningún miramiento. De vez en cuando solicita ayuda y una respuesta escueta y a regañadientes es lo que obtiene. Se esfuerza. Estudia manuales de lectura insoportable, y cada vez es más consciente de que cuanto más lee menos entiende, de que cuanto más se esfuerza más evidencia su carencia. Ello no disminuye un ápice su determinación.
Llega a casa cansado y se tumba en el sofá. Allí, frente a él, se apilan el televisor, el deuvedé, el descodificador de la antena y la cadena musical, todos con esos siniestros ojos rojos clavados en él. Más cerca se amontonan los mandos a distancia. Los mira y está tentado de coger uno, pero un escalofrío le recuerda la vez que al irse a dormir creyó programar el grabador y amaneció escarchado, o cuando fundió los plomos de la finca al conectar la cadena, el televisor y ese endemoniado lavaplatos. Se levantó y se fue hacia la cama. En la cocina el frigorífico escupía cubitos de hielo espasmódicamente. Se había formado un charco. Se tumbó. Respiró profundamente al tiempo que estiraba su cuerpo, dispuesto a encontrarse con unos sueños que desde hace tiempo estaba formados sólo por ceros y unos.

Onions strikes back

pas dans la peau mais au coeur je me suis percé
pas dans le dessin á l´aiguille , mais dans mes rides je montre ma curte histoire