Travelling to nowhere
Carlos Alberto era un tipo duro, de los de barba de tres días y tatuaje de diseño en bíceps de gimnasio, de los que derretía a las mujeres como quien no quiere las cosa, de los de mocasín y gemelo. CA tenía tres debilidades confesadas, las modelos morenas con curvas y escotes generosos, fumar Ducados y saborear gintonic tras gintonic en cuanto caía la noche. A pesar de sus aficiones menos saludables y de ser conocido en todos los afterhours de la ciudad CA estaba en forma. Horas de duro entrenamiento a padel y de sufrida resistencia al sol del mediterráneo, junto al mástil de su velero de quince metros de eslora le habían proporcionado una figura atlética y una tez bronceada.
Era domingo, aunque el día de la semana era lo de menos para CA. CA ya no se regía por calendarios ni por despertador alguno. Su vida venía marcada desde hacía ya tiempo por los retos que se imponía. Recordaba con cariño la mirada cálida de aquel oso polar en celo, cuando intentó cruzar a gatas el polo norte, concluyendo que a buen seguro algún resto de hombre primitivo debió de quedar por allí, ya que ante tan temperaturas tan extremas era difícil sobrevivir. También le vino a la memoria aquella travesía marítima, ¡cuánto esfuerzo le costó reunir todos aquellos mondadientes usados para construir el casco del barco! Pero qué sensación de placer dejarse guiar por las luces del firmamento y la asistencia del gps, qué reconfortante el rescate del patrocinador cuando inexplicablemente aquella vanguardia de las construcción naval empezó a hacer aguas.
Pero CA no era hombre de regodearse en el pasado. Y se disponía a emprender un nuevo viaje. En esta ocasión atravesaría África de sur a norte en pony. El libro de los records, del que tenía todas las ediciones en formato electrónico le reservaba un lugar para la fama y no iba a dejarlo escapar. Con este reto relegaría al anonimato a aquel que lo hizo en patinete o aquel que lo hizo saltando a la pata coja con la pierna izquierda y tapándose el ojo derecho con la mano izquierda …bueno, a éste quizás no.
… y comenzó el viaje. Todo parecía marchar bien, todo menos el pobre animal que llevaba en sus lomos a aquel loco. Y es que un animal peludo en pleno agosto, con cincuenta grados a la sombra y fieras acechantes a lo largo y ancho de la sabana no podía durar mucho. Entonces fue cuando cayó en una emboscada, tal vez tuvo algo que ver el reloj de oro que llevaba o el celular vía satélite. Igual da, a partir de entonces, sin poder comunicar con la asistencia y casi sin ropa continuó camino, con tal mala fortuna que lo capturaron las guerrillas locales. Logró escapar, con la voz algo más atiplada y algún que otro machetazo en el rostro. Confuso, sin tener idea, siguió hacia el norte. Pero en esta ocasión las estrellas no parecían querer mostrarle la senda. El sol hizo que su cuerpo pasara de bronceado zanahoria europea a negro bantú en pocos días. Su pelo, agotado por años de dura pelea contra el fijador y otros atacantes químicos se ensortijó, dándole un aspecto nativo.
Estaba agotado, su espíritu aventurero se había esfumado por completo. Apenas sin fuerza atravesó desiertos comiendo lo que encontraba y lo que algunas tribus le ofrecían. Intentó buscar alguna ciudad pero una vez en los desiertos del norte tan sólo pudo agruparse con otra gente que también marchaba hacia Europa. Una Europa que no reconocía a aquel hombre de aspecto extraño que decía ser famoso en su tierra por una gestas tan inverosímiles que provocaron la guasa de toda la plantilla de la oficina consular. Visto que la vía diplomática no daba frutos se decidió a saltar la valla. Delgado y exhausto se quedó tras la primera verja, enredado en alambre de espino, sangrando. A los guardias de la cerca no les hizo puta gracia ninguna de sus historias. La barba, ya abundante fue definitiva para que le creyeran un terrorista suicida en potencia y le dieran una buena somanta. Tras comprobar que no era el que buscaban lo dejaron marchar. Unos lugareños lo acogieron, y cuando hubo recobrado sus fuerzas decidió rememorar sus hazañas como nadador de largas distancias en mar abierto. Comprobó que no era tan fácil sin el neopreno y las bebidas isotónicas, pero alcanzó la playa, llena de roca y erizos. Con las plantas de los pies ensartados con mil púas llegó a la urbe. Por poco le vuelve a detener la policía debido a la mugre y al hedor despedía, pero la casera lo reconoció e intercedió. Sí, allí estaba de nuevo sobre la baldosas blancas y negras. Al tercer día se decidió a abrir lo ojos. La luz de la tarde y el aroma del jazmín se colaban por la ventana. Se levantó, encendió su cigarrillo y se preparó un gintonic mientras pensaba…¿Cuál sería la próxima aventura?
Sí, no eres más que aquello que ves y lees, porque, reconócelo, jamás podrás decir que eres lo que haces.
Fdo. Carlos Alberto
Era domingo, aunque el día de la semana era lo de menos para CA. CA ya no se regía por calendarios ni por despertador alguno. Su vida venía marcada desde hacía ya tiempo por los retos que se imponía. Recordaba con cariño la mirada cálida de aquel oso polar en celo, cuando intentó cruzar a gatas el polo norte, concluyendo que a buen seguro algún resto de hombre primitivo debió de quedar por allí, ya que ante tan temperaturas tan extremas era difícil sobrevivir. También le vino a la memoria aquella travesía marítima, ¡cuánto esfuerzo le costó reunir todos aquellos mondadientes usados para construir el casco del barco! Pero qué sensación de placer dejarse guiar por las luces del firmamento y la asistencia del gps, qué reconfortante el rescate del patrocinador cuando inexplicablemente aquella vanguardia de las construcción naval empezó a hacer aguas.
Pero CA no era hombre de regodearse en el pasado. Y se disponía a emprender un nuevo viaje. En esta ocasión atravesaría África de sur a norte en pony. El libro de los records, del que tenía todas las ediciones en formato electrónico le reservaba un lugar para la fama y no iba a dejarlo escapar. Con este reto relegaría al anonimato a aquel que lo hizo en patinete o aquel que lo hizo saltando a la pata coja con la pierna izquierda y tapándose el ojo derecho con la mano izquierda …bueno, a éste quizás no.
… y comenzó el viaje. Todo parecía marchar bien, todo menos el pobre animal que llevaba en sus lomos a aquel loco. Y es que un animal peludo en pleno agosto, con cincuenta grados a la sombra y fieras acechantes a lo largo y ancho de la sabana no podía durar mucho. Entonces fue cuando cayó en una emboscada, tal vez tuvo algo que ver el reloj de oro que llevaba o el celular vía satélite. Igual da, a partir de entonces, sin poder comunicar con la asistencia y casi sin ropa continuó camino, con tal mala fortuna que lo capturaron las guerrillas locales. Logró escapar, con la voz algo más atiplada y algún que otro machetazo en el rostro. Confuso, sin tener idea, siguió hacia el norte. Pero en esta ocasión las estrellas no parecían querer mostrarle la senda. El sol hizo que su cuerpo pasara de bronceado zanahoria europea a negro bantú en pocos días. Su pelo, agotado por años de dura pelea contra el fijador y otros atacantes químicos se ensortijó, dándole un aspecto nativo.
Estaba agotado, su espíritu aventurero se había esfumado por completo. Apenas sin fuerza atravesó desiertos comiendo lo que encontraba y lo que algunas tribus le ofrecían. Intentó buscar alguna ciudad pero una vez en los desiertos del norte tan sólo pudo agruparse con otra gente que también marchaba hacia Europa. Una Europa que no reconocía a aquel hombre de aspecto extraño que decía ser famoso en su tierra por una gestas tan inverosímiles que provocaron la guasa de toda la plantilla de la oficina consular. Visto que la vía diplomática no daba frutos se decidió a saltar la valla. Delgado y exhausto se quedó tras la primera verja, enredado en alambre de espino, sangrando. A los guardias de la cerca no les hizo puta gracia ninguna de sus historias. La barba, ya abundante fue definitiva para que le creyeran un terrorista suicida en potencia y le dieran una buena somanta. Tras comprobar que no era el que buscaban lo dejaron marchar. Unos lugareños lo acogieron, y cuando hubo recobrado sus fuerzas decidió rememorar sus hazañas como nadador de largas distancias en mar abierto. Comprobó que no era tan fácil sin el neopreno y las bebidas isotónicas, pero alcanzó la playa, llena de roca y erizos. Con las plantas de los pies ensartados con mil púas llegó a la urbe. Por poco le vuelve a detener la policía debido a la mugre y al hedor despedía, pero la casera lo reconoció e intercedió. Sí, allí estaba de nuevo sobre la baldosas blancas y negras. Al tercer día se decidió a abrir lo ojos. La luz de la tarde y el aroma del jazmín se colaban por la ventana. Se levantó, encendió su cigarrillo y se preparó un gintonic mientras pensaba…¿Cuál sería la próxima aventura?
Sí, no eres más que aquello que ves y lees, porque, reconócelo, jamás podrás decir que eres lo que haces.
Fdo. Carlos Alberto

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