Take 1 - Guía del michelín
Al entrar uno tiene la sensación de estar en otro mundo. Tras esa puerta de madera, pálida por los rayos del sol, tras esas cortinas que debieron ser blancas, el tiempo parece deternerse. La estancia es rectangular. A la derecha una barra de madera cuarteada flanqueada por una tragaperras reumática. A la izquierda un montón de mesas y sillas apelotonadas. El mimbre de las sillas gime sin reparos al recibir las posaderas del comensal. Las mesas están llenas de cicatrices y manchurrones. Entre mesas y sillas mueve su corpachón Ramiro. A pesar de que lleva más de veinte años no puede evitar ir desplazando a su paso unas y otras. Bajo y fornido, con gesto triste y resignado, con uñas de carbonero, se acerca y toma la comanda. Él mismo reaparece tras la barra, enciende la plancha y con el rabillo del ojo vigila la sartén al fuego en la cocina a través de un ventanuco. De vez en cuando desaparece y sale cargado de platos. Las viandas entran bien al estómago, pero lo logran animar el espíritu. Potaje de garbanzos, guisado de carne, gazpacho manchego, pinchos y lomo con patatas, ensalada, vino en jarra de barro, fruta de otro tiempo y cortado…día sobre día, año sobre año… El bar de Ramiro provoca acidez y desazón. Al cruzar la puerta el segundero resucita y torna a marcar el paso. El sol en lo alto, impío, el buche lleno y el trabajo esperando, inmisericorde, al doblar la esquina.

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